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El Mundo ·

Margarita Robles, sobriedad en medio del desquicie general

Resumen

De los representantes del Gobierno que han asomado por Ceuta desde el desbordamiento de la frontera por más de 70.000 ciudadanos de Marruecos, tan sólo Margarita Robles, ministra de Defensa, ha salido sin sobresalto y acompañada por las palmas de la gente. Robles escuchó a una ceutí llorar por miedo, por la desesperación de no saber ya qué. La ministra atendió al llanto de Pepi (66 años) y no se arrugó por las críticas que le llovían de otros nativos indignados. Mantuvo la rectitud y mantuvo la atención.

De los representantes del Gobierno que han asomado por Ceuta desde el desbordamiento de la frontera por más de 70.000 ciudadanos de Marruecos, tan sólo Margarita Robles, ministra de Defensa, ha salido sin sobresalto y acompañada por las palmas de la gente. Robles escuchó a una ceutí llorar por miedo, por la desesperación de no saber ya qué. La ministra atendió al llanto de Pepi (66 años) y no se arrugó por las críticas que le llovían de otros nativos indignados. Mantuvo la rectitud y mantuvo la atención. La mujer asustada se fue calmando. Margarita Robles había detenido su misión hasta enterarse de qué sucedía en las calles de la ciudad autónoma y dispensó calma, si la calma tiene aún posibilidades en Ceuta. Llegó a la política en 1993. Venía de la judicatura. Su primer empeño en el Gobierno de Felipe González, como subsecretaria y después como secretaria de Estado de Interior, pudo ser letal: conocer a fondo las cloacas del Estado y una vez mapeadas empezar a fumigar gente chunga. Salió basura en todas direcciones. Entonces, igual que ahora, escogió la senda que va por los zarzales, la incómoda, y no se calló cuando era necesario decir algo. Por ejemplo: rechazarla trama delincuencial de los GAL. Cuando Aznar llegó a La Moncloa regresó a la carrera judicial, alcanzó poltrona de magistrada del Tribunal Supremo y pasó algo más tarde al Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), donde tampoco practicó la gimnasia de someterse a la humillante disciplina de partido, el yoga más eficaz para hacer carrera. Algunos jueces progresistas le (los de su orilla) echaron mal de ojo, pero tampoco aquello le arrugó la blusa. Al Congreso entró en 2016. Pedro Sánchez la situó en el número dos de su lista y participó en la moción de censura contra Mariano Rajoy haciendo saltar por los aires la disciplina de voto. A cualquier que preguntes, a cualquiera que conozca a esta mujer y la extraña combinación de osadía y discreción que da forma a su manera de ejercer, te dirá esto: es leal y valiente. Tiene una fuerte personalidad política y no es fácil de enredar. En algunos de esos whatsapp lumpen que se cruzaron Pedro Sánchez y el preso José Luis Ábalos durante una de sus dos lunas de miel, el presidente la llamó "pájara" y entre los dos se fueron echando unas risas mensajeras a su costa. Imagino que esto lo hacen algunos jefes sobraos confundiendo a los colaboradores con machacas. Fue grosero, macarra, machista, bobo. Mirad si no la situación de cada uno de los tres en este momento: Sánchez incapaz de sumar una simpatía, Ábalos en su celda con derecho a patio (como debe ser), Margarita Robles como una de las profesionales más valoradas de la política cenagosa de hoy. A Ceuta fue a decir que es una ciudad "españolísima" y que "Ceuta y Melilla no se tocan". Quizá le dieron licencia para soltarlo, aunque parece más probable que ella diga lo que quiere decir cuando puede decirlo. Los ceutíes le han agradecido que vaya a "dar la cara". Dar la cara es una expresión de mucho peso y escasamente desafiante. Dan la cara quienes saben lo que hacen. Quienes alojan un gramaje de valentía. Quienes saben cuidarse solos. Los muy seguros de sí mismos. Las muy seguras de sí mismas. Dar la cara es una loable actitud que en política se suele hacer por persona interpuesta. Es decir, empujando al escenario a alguno de los mandaos dispuestos a dejarse arrastrar para seguir medrando en el partido. No es el caso de Margarita Robles, mujer de León criada en Barcelona y depositada en este perro mundo aquel noviembre de 1956. Le gusta llamar "España" a "España" y jamás se le escapa un gallo inadecuado sobre el Ejército, las policías o los guardias civiles. Hace crítica y autocrítica sin cortarse, algo que cualquiera reprochará como otra de mis exageraciones pero quien más, quien menos, puede testarlo. Imagino que acumulará secretos deleznables de los que sabe no hablar. Y tendrá bien localizados a los siniestros y a los canallas que han hecho carrera donde ha ejercido de jueza o de ministra. En ella, sin embargo, no asoma la cólera propia de la gallofa política, la palabra agria ni la falta de respeto general por la verdad, por la gente. La ira resulta vulgar. De política hablan sobre todo quienes no viven de ese tinglado. Margarita Robles hizo en Ceuta su mejor aparición del último año porque dedicó tiempo a la calle y a los nativos. Y porque no descuida el drama de quienes cruzaron y regresaron. O de los que nadaron hasta alcanzar la orilla española de la peor manera y ahora naufragan tierra adentro existiendo penosamente al ralentí. A veces basta con prestar atención, además de trabajar. Con hacer las cosas normal y que no parezcan intrépidas. Con practicar la sobriedad y que esa atención al otro no sea envarada. Mientras la violencia florece en el asfalto, la ministra de Defensa habla con el protocolo justo. Denunció la ofensiva ordenada por Netanyahu contra Gaza como "un auténtico genocidio" antes que algunos compañeros de Gobierno. Era el 25 de mayo de 2024. Margarita Robles comprende, en la enredadera de su hieratismo, que no existe nada tan moderno como ser bueno y dejar que asome una hebra de bondad. Son estas costumbres perdidas las que hacen más cercanos a algunos políticos. No dar la mano a destajo o repartir besos de cualquier manera, sino callar para entender el malestar de los otros. Lo demás es un viento que pasa. Raúl del Pozo siempre habló bien de ella. Conoció su coraje. Ya casi nadie, entre los cargos públicos, recuerda lo que es una carrera política en la calle.