'El caballero y la muerte'
Resumen«Mi único deseo es estar en el jardín todo el día . Días perfectos: sol, frescura, pájaros elocuentes, narcisos en flor. Trabajo en el jardín, respiro profundamente, pienso menos de lo habitual», escribe Anaïs Nin en su diario un 19 de marzo, o ... eso al menos asegura el tuit donde leo la anotación.
«Mi único deseo es estar en el jardín todo el día . Días perfectos: sol, frescura, pájaros elocuentes, narcisos en flor. Trabajo en el jardín, respiro profundamente, pienso menos de lo habitual», escribe Anaïs Nin en su diario un 19 de marzo, o ... eso al menos asegura el tuit donde leo la anotación. Busco la cita pero Google no arroja más resultado que el de su viralidad: la veo reproducida en Instagram, en TikTok, en Tumbrl. Quizá sea falsa. Da igual. Verdadera o falsa , miles de personas han aplaudido esa plenitud sencilla. Un jardín, pájaros, flores. Respirar profundamente y apartar los pensamientos.Noticia relacionada opinion No No El libro blanco Elvira NavarroMe acuerdo de la cita un domingo en un parque, tumbada en la hierba y admirando el cielo. Es un descanso observar la fugaz majestuosidad de las nubes , la maravilla de unas formas que duran apenas unos minutos. Los adultos miramos poco hacia arriba, al firmamento. Nuestras miradas van hacia el frente, hacia lo que tenemos delante, física y mentalmente: rumiamos preocupaciones, planes, deseos. Le echamos breves vistazos al cielo al abrir la ventana o cuando caminamos por la calle, y algunos días nos sorprende un atardecer fastuoso y nos detenemos unos segundos más. Cuando contemplamos el cielo, descubrimos una enormidad bella e indiferente a nuestras cuitas cotidianasSin embargo, podemos pasar semanas, meses e incluso años sin contemplar de verdad lo que hay por encima de nuestras cabezas. Quiero decir: sin distracciones de por medio . Cuando lo hacemos, descubrimos una enormidad bella e indiferente a nuestras cuitas cotidianas. Y sentimos una paz inmediata al revelársenos la escala ridícula de nuestros afanes . 'El caballero y la muerte' , penúltima novela del escritor italiano Leonardo Sciascia , debe su título a un grabado de Alberto Durero, 'El caballero, la muerte y el diablo', donde un caballero viejo y embutido en su armadura mira hacia adelante mientras la muerte lo acecha. Tras él va el diablo, que no tiene pinta de demonio: es un ser estrambótico de ojillos casi simpáticos. «El diablo estaba tan cansado que lo dejó todo en manos de los hombres, que sabían hacer las cosas mejor que él», se dice en el libro jugando con la alegoría del grabado, en el que el humano da más miedo que Satanás. El protagonista de esta historia es un vicecomisario que, como el propio Sciascia, se ha dedicado a perseguir el crimen. Ahora está enfermo, y ante la cercanía de la muerte y la imposibilidad de acabar con el mal, se rinde. En esa rendición, descubre una libertad y una hermosura olvidadas: las de la infancia, el tiempo libre y la contemplación del cielo, que no nos salva de la muerte ni del mal, pero a la que tal vez deberíamos entregarnos a menudo para ser dignos de esta vida.