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El Mundo ·

Un beso antes de las urnas

Resumen

La extrema izquierda española ha dejado de tener sustancia política real, precisamente cuando la ley del péndulo comienza a despertarla en el resto del mundo. Su vodevil apasionado reúne a personajes variopintos que alimentan los programas de infoentretenimiento como actores inanes de un carrusel virtual. Gabriel Rufián hace ahora del bandido Mackie Navaja y el malvado clan familiar de Galapagar, como siempre, de sí mismo. No hay ideas, ni proyecto, ni liderazgo porque no hay otra vocación que la de adocenarse en el poder.

La extrema izquierda española ha dejado de tener sustancia política real, precisamente cuando la ley del péndulo comienza a despertarla en el resto del mundo. Su vodevil apasionado reúne a personajes variopintos que alimentan los programas de infoentretenimiento como actores inanes de un carrusel virtual. Gabriel Rufián hace ahora del bandido Mackie Navaja y el malvado clan familiar de Galapagar, como siempre, de sí mismo. No hay ideas, ni proyecto, ni liderazgo porque no hay otra vocación que la de adocenarse en el poder. Han renunciado a ser fuerza de impugnación y se han convertido en la comparsa inútil contra «la ultraderecha». La recuperación de Ada Colau del baúl de su fracaso da cuenta de la profundidad de su decadencia. El balance de su paso por el Gobierno deja cuatro millones de españoles en pobreza severa y un deterioro irreparable de la calidad democrática del país. Podemos y todo el ciclo político del 15-M inocularon en el PSOE una determinada concepción del poder: el adversario deja de ser legítimo; jueces, medios o empresarios pueden convertirse en enemigos; la política se plantea como una batalla moral televisada y asfixiante entre buenos y malos. Y así las reglas se aplican de manera distinta según tu bando y la responsabilidad se evapora. La captura obsesiva de los árbitros del sistema forma parte natural de las consecuencias. La rentista Montse Mínguez se va arrollada por ese maximalismo sólo porque la proximidad de las elecciones hacía insostenible su hipocresía, pero ni los escándalos más lacerantes, ni la gestión más catastrófica merecieron rendición de cuentas ni contestación de los socios. El discurso intimidante contra «una minoría de privilegiados» con el que Pablo Iglesias se presentó en 2014 en Lavapiés se pronuncia ahora rutinariamente desde La Moncloa. Sánchez ha absorbido esa cultura política y ya no necesita a sus inventores: le basta con hacerse con sus votos. Ha fagocitado el populismo de izquierdas y ahora puede prescindir de los populistas porque él es el mayor de todos ellos. El beso con Begoña es la escenificación sentimental del nuevo peronismo. Fue tan pueril que cunde al fin la convicción que exponía aquí Madueño: «Hemos asimilado como genios o como villanos o como estrategas a dos horteras con apetito por el dinero». El partido incorpora la intimidad familiar a la representación pública del liderazgo y la militancia los aclama: «Han intentado quebrarnos de todas las maneras, te quiero». El melodrama de Fuenlabrada encarna el plebiscito personal del 29-N. La concertación en el Senado con la extrema izquierda es distinta a la de hace 26 años porque esta vez el PSOE incorpora a sus listas los materiales radicales y antimonárquicos que quedaron fuera del consenso del 78. La izquierda que no consigue unirse consigo misma acepta ser una extensión del sanchismo. La coalición del Frente Amplio con el PSOE expresa la pérdida de su autonomía: sólo uno es el proyecto porque sólo uno es el líder. El artefacto pretende evitar que la derecha recupere en la Cámara Alta el control del Constitucional y promueve una iniciativa frentista de sentido inverso: interpela a Vox a corresponderle con una envolvente al PP. La supervivencia pasa por el enfrentamiento entre polos. Pero la maniobra denota desesperación. El PSOE no arranca. El resultado verdaderamente estructural del 29-N será, por supuesto, si el PP y Vox consiguen sumar una mayoría, pero también el equilibrio de poder entre ambos: esa proporción determinará la naturaleza política del cambio. Al contrario que en 2023, la derecha salió del ciclo autonómico decidida a parecer funcional. Vox disputa al PP la interpretación de los malestares que agitan el mar de fondo de la sociedad española: la conferencia de Jordan Bardella esta semana en el Casino de Madrid, con la banca y la gran empresa saludando entre bambalinas, fue la puesta de largo de Vox como partido de poder. La frustración de los jóvenes ante la vivienda y la precariedad, la inmigración, la pérdida de autoridad del Estado o el rechazo a la superioridad moral de la izquierda encuentran expresiones distintas en los dos partidos. Para una parte de ese electorado, la promesa de una gestión más eficaz ya no basta. Reclama una impugnación del orden político y cultural que identifica con el sanchismo, pero que considera anterior a Sánchez. El cambio que necesita España es más profundo que una revancha. Exige recuperar las instituciones, reconstruir las condiciones de prosperidad de las clases medias, ofrecer un horizonte a los jóvenes y devolver a la política su capacidad para reunir a la sociedad que Sánchez ha dividido. Un proyecto de libertad. Feijóo tiene ante sí la oportunidad de representar algo más ambicioso que la derrota del sanchismo: una mayoría capaz de gobernar para quienes le voten y también para quienes no. No se trata de sustituir un sectarismo por otro. La centralidad permite reunir la fuerza necesaria para transformar un país sin renunciar a las convicciones.