Manuel Benítez 'El Cordobés', un moderno del hambre
Resumen3 min Ángel Antonio Herrera Manuel Benítez 'El Cordobés' usó el hambre para comprarse pronto una finca, y salir luego en la portada de la revista 'Life'. Quiero decir que un chaval de pueblo, rebelde como un hueso, usó el hambre casi letal para hacerse una valentía y ... Estuvo a un soplo de hacer una película con los Beatles , pero quería repartir la billetería con la cuadrilla, y por ahí los Beatles no pasaban. En la España seca, encalada y fatalista de los años cincuenta, dio el estirón aquel muchacho cordobés, con sonrisa de náufrago y modales de bandolero eléctrico .
La dorada tribu
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Manuel Benítez 'El Cordobés' usó el hambre para comprarse pronto una finca, y salir luego en la portada de la revista 'Life'. Quiero decir que un chaval de pueblo, rebelde como un hueso, usó el hambre casi letal para hacerse una valentía y ... un nombre y un capital y todo. Estuvo a un soplo de hacer una película con los Beatles, pero quería repartir la billetería con la cuadrilla, y por ahí los Beatles no pasaban. En la España seca, encalada y fatalista de los años cincuenta, dio el estirón aquel muchacho cordobés, con sonrisa de náufrago y modales de bandolero eléctrico. Dejó claro que un pobre podía conquistar España tirando de valor, insolencia y marketing de estampa. Antes que torero, fue siempre una noticia. Y hasta hoy, cuando acaba de cumplir 90 años. Tenía algo de animal acorralado y algo de vendedor prodigioso. Hablo de esa mezcla exacta que España suele confundir con el carisma. Saltaba la barrera, improvisaba airado, sacaba la sonrisa en medio del peligro, y toreaba como si quisiera vengarse ante el tendido de todas las miserias. Los puristas se llevaban las manos a la cabeza, y el pueblo, enfrente, enloquecía. Hasta él, el toreo conservaba todavía una solemnidad antigua, casi sacerdotal. El torero debía parecer grave, fatalista, hijo legítimo del rito y de la muerte. Pero Benítez trajo la alegría plebeya del hombre que ha descubierto el dinero y piensa gastárselo a fondo delante de la afición. Y eso era revolucionario.
Los señoritos taurinos lo despreciaban porque olía demasiado a ascenso social, y porque sonreía demasiado, y porque convertía la épica en jarana de masas. Había en él una vulgaridad exuberante que irritaba en serio a los guardianes del buen gusto, esa aristocracia española que siempre ha tolerado mejor el fracaso elegante que el éxito ruidoso. Y sin embargo llenaba plazas como un rockero. España veía en El Cordobés una fantasía nacional completísima: el pobre que derrota al destino sin saludar antes a la cultura. Se reinventó a sí mismo en directo. No refinó nunca su personaje porque comprendió rápido que el país no quería sofisticación sino energía. Y él era energía bajo alegría bárbara. Cultivó la sonrisa abusiva, los dientes de carnívoro triunfo, el pelo revuelto, el cuerpo nervioso, las frases medio ingenuas y medio astutas. Todo en él parecía improvisado, aunque acaso hubo detrás una intuición teatral formidable. Por eso produjo tanto escándalo. Se vino a la conquista de Madrid, saltó de espontáneo a Las Ventas, y casi lo mata el toro. Lo metieron veinte días en Carabanchel. Se hizo archifamoso, ya de novillero, y sus hazañas las aupaba 'El Pipo', apodo de su apoderado, un genio de las picarescas que decoraba la Gran Vía con fotos de Manuel, o bien lo sacaba a hombros aunque la faena esa tarde no hubiera sido apoteósica.
Los intelectuales lo miraban con desconfianza, como si encarnara la España primaria, tan arrimada a la picaresca y el instinto. Pero quizá justamente ahí residía su verdad nacional. El Cordobés representaba un país que empezaba a abandonar la resignación rural y descubría, con vértigo y codicia, el espectáculo moderno. Debajo del personaje exuberante había también algo triste, ese hombre que jamás termina de creerse su propia victoria. Muchos triunfadores españoles arrastran esa inseguridad campesina de quien recuerda demasiado a menudo el polvo del camino. A su hermana mayor le dijo, cuando se decidió torero: «O te compro una casa, o te visto de luto». Y le compró la casa. Sonreía con una intensidad casi defensiva, como si supiera que el aplauso igual mañana ya no amanece. No modernizó únicamente el toreo. Modernizó el hambre española. Y la encumbró como espectáculo.