Benítez: una ciudad paralela emerge de la invasión del día 30
ResumenUn Barça - Madrid sobre la arena de la Playa del Trampolín, en la zona de Benítez, en Ceuta, a las doce del mediodía. En un terreno de juego improvisado, con botellas llenas de arena como palos de portería, causando una fuerte discusión por un gol ... imposible de chequear con el VAR al tumbar la pelota una de esas botellas, una decena de chavales jugaban ajenos a las cámaras que perseguían sus pasos. Uno con la camiseta con el 19 de Lamine Yamal y otro con la del 10 de Kilian Mbappé, lideraban sendos equipos.
Un Barça - Madrid sobre la arena de la Playa del Trampolín, en la zona de Benítez, en Ceuta, a las doce del mediodía. En un terreno de juego improvisado, con botellas llenas de arena como palos de portería, causando una fuerte discusión por un gol ... imposible de chequear con el VAR al tumbar la pelota una de esas botellas, una decena de chavales jugaban ajenos a las cámaras que perseguían sus pasos. Muchos iban descalzos . Uno con la camiseta con el 19 de Lamine Yamal y otro con la del 10 de Kilian Mbappé, lideraban sendos equipos. Su forma de jugar tenía poco que envidiar a la de algunos equipos de fútbol semiprofesional de nuestro país. Este espacio natural, con apenas un kilómetro de arenal, se ha convertido de la noche a la mañana en un poblado chabolista que los inmigrantes que llegaron con la invasión de finales de julio levantan con sus propias manos. Plásticos, cañas, telas, bolsas... todo sirve para levantar una frágil construcción que, hasta que llegue la ducha, les permite gozar en pequeños grupos de una relativa intimidad. Pese a la fuerte humedad que a esa hora ya hacía este viernes en Ceuta, la densa niebla que coronaba la ciudad permitía a más de uno de estos inmigrantes seguir durmiendo sobre la arena ya bien entrada la mañana. Según los vecinos, alargan por la noche hasta bien «pasadas las tres de la madrugada con música de Karol G, botellas de ginebra y whisky».En las rocas, el lugar que la mayoría aprovechan para hacer sus necesidades, con una única botella de agua que rellenan del mar para asearse mínimamente , también los hay que intentan aprovechar los recursos del mar para alimentarse. Con las mismas cañas que construyen las improvisadas viviendas, un marroquí trata, sin suerte, de pescar algún pez que le sirva para el almuerzo de ese día. En la misma arena, junto a esas chabolas que cambian por completo la fisionomía de una playa a la que hasta el 30 de julio acudían a bañarse los habitantes de la ciudad, montan pequeños fogones para cocinar.Los ceutíes, la gran mayoría de ellos confinados en sus casas o exiliados temporalmente a la península, ya no frecuentan esa zona desde hace unos días. «Nos han privado de vivir nuestra vida», dice Rafael, un caballa de toda la vida que acompaña al equipo de ABC durante la visita. Aunque el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) está a escasos dos kilómetros de la playa, subiendo una cuesta fuertemente custodiada por la Policía y por efectivos del Ejército que se mueven exponiendo las armas largas desde los vehículos blindados, nuestro guía local no se atreve a acercarse hasta la puerta de esta instalación. «Da miedo», dice, mientras a lado y lado de la calle se agolpan miles de personas escapando del fuerte sol que la evaporación de la neblina empieza a descubrir.De golpe, en la intersección de la carretera principal con la calle que da acceso al CETI, dos mujeres se enzarzan en una fuerte pelea . Otros inmigrantes que están allí se ven obligados a interceder para que las consecuencias no sean especialmente graves. La violencia con la que se expresan genera momentos de miedo y tensión. Esos altercados son habituales entre los allí presentes, sin nada que hacer durante el día, cansados de esperar ver cumplir el sueño que les prometieron y que no existía. «Nos han privado de vivir nuestra vida», dice Rafael, un caballa de toda la vida»Las disputas llegan a tal punto que, caminando por encima la arena, un subsahariano se encara con los periodistas por pisar un trozo de parcela que había delimitado con unas piedras casi invisibles para hacerse su cabaña. Como si sintiera un ataque a algo que le pertenecía, cuando en realidad, pese a que se hayan apropiado de ella, la playa sigue siendo un recurso natural de todos los caballas, cuyo uso ahora resulta imposible por fuertes olores y deficiencias higiénicas.Un hombre le corta el pelo a otro en medio de la playa J.G.Sin dominio apenas de algún idioma que les permita comunicarse en su totalidad entre ellos, como tampoco con los periodistas que buscan entre sus pasos una respuesta a la nueva normalidad de Ceuta, los inmigrantes utilizan los gestos y las sonrisas para aprobar o rechazar que se les haga una foto. Si les incomoda tu presencia, te lo hacen saber rápidamente, si no, te obvian para centrarse en lo que estén haciendo en ese momento. Con un poco de francés, uno de los pocos que se atreve a entablar una conversación asegura que su deseo es «ir a España a trabajar, viva España».Emprender desde la nadaUn hombre vende cajetillas de tabaco a otros inmigrantes en la misma playa J.G.Sin prácticamente nada, viviendo en la calle, algunos de los inmigrantes han optado por hacer de la necesidad virtud, emprendiendo negocios ilegales con los que satisfacer las demandas de otros ilegales. Durante un breve paseo por la playa hemos encontrado desde el que ha improvisado un estanco sobre un cajón, con cajetillas de tabaco y mecheros, como un barbero que ha con una maquinilla inhalámbrica ha instalado su peluquería ambulante pegada a las duchas de la playa que sirven de aseo para los que allí viven.