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El Mundo ·

Un premio de 4,7 millones sin cobrar, un dueño muerto y dos hermanos acusados de estafa: el caso de la Primitiva de A Coruña se decide 14 años después

Resumen

El 26 de junio de 2012 esos números se sellaron en una administración de loterías del hipermercado Carrefour de A Coruña y quedaron ligados a un premio de casi cinco millones de euros. La fortuna esta vez no ensanchó bolsillos; dejó un sumario policial que fue creciendo con los años, alimentado por versiones que se contradicen entre sí y por una procesión de más de 300 personas que aseguraron ser su dueño. Lo que debía resolverse en un instante se convirtió así en una historia que se alargó de forma inexplicable. Y solo ahora, 14 años después y ya ante los tribunales, con un lotero y su hermano frente a peticiones de hasta seis años de cárcel, el caso encara su recta final.

«10, 17, 24, 37, 40 y 43». El 26 de junio de 2012 esos números se sellaron en una administración de loterías del hipermercado Carrefour de A Coruña y quedaron ligados a un premio de casi cinco millones de euros. Nadie los cobró. La fortuna esta vez no ensanchó bolsillos; dejó un sumario policial que fue creciendo con los años, alimentado por versiones que se contradicen entre sí y por una procesión de más de 300 personas que aseguraron ser su dueño. Lo que debía resolverse en un instante se convirtió así en una historia que se alargó de forma inexplicable. Y solo ahora, 14 años después y ya ante los tribunales, con un lotero y su hermano frente a peticiones de hasta seis años de cárcel, el caso encara su recta final. La controvertida historia empieza tres días después del sorteo, cuando el boleto aparece «olvidado» sobre el mostrador de otra administración de la plaza de San Agustín, a la que el ganador habría acudido a comprobarlo. Según la versión que ha sostenido desde el principio Manuel Reija, el lotero que regentaba ese establecimiento, fue entonces cuando lo pasó por la máquina, comprobó que estaba premiado y comunicó el hallazgo a la delegación provincial de Loterías de A Coruña, entonces dirigida -no sin cierta coincidencia- por su hermano Miguel, dando inicio al proceso para tratar de localizar a su descuidado propietario. El procedimiento tenía algo de ejemplar y algo de tentador: servía para encontrar al dueño y devolvérselo todo, pero si nadie aparecía, el dinero podía acabar en poder de los propios hermanos. De hecho, bastaron dos meses sin denuncias ni reclamaciones para que Manuel intentara cobrarlo como tenedor del resguardo. Loterías lo rechazó, pero para entonces el caso ya había saltado a la prensa y el presunto plan de los hermanos empezó a complicarse. La búsqueda se convirtió pronto en un culebrón público. El Ayuntamiento coruñés publicó el hallazgo en el Boletín Oficial de la Provincia (BOP) y abrió un plazo de reclamaciones que acabó desbordado: más de 330 personas aseguraron ser las propietarias del boleto. En medio de ese ruido, el entonces alcalde, Carlos Negreira, se sumó al tono con una frase que quedó fijada al caso: «Debo ser el único alcalde de España que busca a un millonario para darle dinero en vez de pedírselo». Nadie revisó las cámaras El revuelo fue tal que la Policía Nacional sometió el propio boleto a un análisis forense y halló hasta 11 huellas dactilares, pero ninguna coincidía con los reclamantes. La historia, amplificada durante años, llegó incluso a inspirar una docuserie de HBO, 'Se busca millonario'. Ante la imposibilidad de identificar a su dueño, el resguardo acabó en manos de Loterías y fue trasladado a Madrid, donde permanece custodiado en una caja fuerte a la espera de que alguien demuestre que es suyo. Aun así, para que los agentes pudieran empezar a trabajar de verdad en la identificación del dueño, hubo que esperar a que el caso se judicializara en 2018. Seis largos años después. Para entonces, la cooperación de Loterías había sido escasa y había un detalle imposible de justificar: a nadie se le ocurrió pedir que se conservaran las grabaciones de las cámaras de seguridad, ni en la administración donde se selló el boleto ni en la de San Agustín donde fue comprobado. Todo ello pese a que se conocían la fecha y la hora exactas de la validación. «No me entra en la cabeza que nadie de Madrid pidiese revisarlas sabiendo que había un boleto perdido», se lamentaba la responsable de la administración del Carrefour durante el juicio. A partir de ahí, los agentes tuvieron que reconstruir lo ocurrido casi desde cero. Solo contaban con dos ubicaciones, una hora concreta y una secuencia de seis números que se repetía una y otra vez: «10, 17, 24, 37, 40 y 43», «10, 17, 24, 37, 40 y 43»... En esos números estaba la única pista fiable. Al analizar los registros de la terminal de la administración de Manuel Reija, los investigadores comprobaron que aquel día el cliente había presentado otros cuatro boletos para su comprobación, entre ellos el premiado, y que incluso se le abonó uno de menor cuantía, de unos tres euros. El de casi cinco millones, sin embargo, no fue comunicado. Además, en apenas dos minutos se registraron más de 20 movimientos entre comprobaciones y nuevas apuestas, algunas con las mismas combinaciones. Ese volumen de actividad resultaba incompatible con la versión que el propio Reija había mantenido durante años, según la cual se encontraba solo en la administración y el boleto había aparecido «olvidado» sobre el mostrador. Para los investigadores no hay duda de que «había una persona enfrente» en el momento de la comprobación y que el lotero «actuó de mala fe» al no informar del premio y guardarse el boleto con la intención de cobrarlo después, apoyado en la posición de su hermano al frente de Loterías en la provincia. Esa es la base de la acusación por la que ambos se enfrentan ahora a penas de hasta seis años de prisión por estafa o apropiación indebida. Pero incluso con la mecánica del engaño reconstruida, quedaba la pregunta de los 4,7 millones: ¿quién era el dueño de aquella famosa combinación? UN 'GANADOR' MUERTO El rastro de las combinaciones utilizadas en los cuatro boletos permitió a los investigadores comprobar que esos mismos números se habían jugado más de 800 veces desde 2011. La mayoría de las apuestas se concentraban en A Coruña, pero también aparecían en otros puntos concretos como Pontevedra, Palma de Mallorca, Torremolinos o Fuerteventura. Esa repetición sostenida en el tiempo fue la que llamó la atención de los agentes. Al cruzar esos datos con desplazamientos reales, detectaron que esos destinos coincidían con rutas habituales de viajes del Imserso. Allí revisaron listados de pasajeros, estancias en hoteles y movimientos asociados. El cruce de toda esa información condujo a un mismo entorno familiar: el de José Luis Alonso, un jubilado coruñés con problemas de adicción al juego que repetía de forma sistemática esas combinaciones. Sin embargo, la identificación llegó en 2021. Para entonces, Alonso llevaba años muerto, desde 2014, sin saber que era el dueño del boleto premiado. Son ahora su viuda y su hija quienes reclaman el dinero, respaldadas por la Fiscalía y la Policía. No obstante, no son las únicas. Otra familia, la de Manuel Ferreiro -también fallecido y primer denunciante del caso-, mantiene su reclamación. Sin embargo, los investigadores han descartado esa vía durante el juicio al no poder situarlo en las administraciones clave ni vincular sus apuestas con la secuencia ganadora. DECLARACIÓN DE LOS ACUSADOS La última palabra aún no está dicha. Será el próximo lunes cuando los dos hermanos se sienten ante el tribunal y su relato, ya sin intermediarios, se mida con todo lo acumulado durante 14 años de versiones, omisiones y pruebas técnicas que han ido estrechando el cerco. No se juzga solo si hubo engaño, sino quién ocupó realmente ese lugar fugaz al otro lado del mostrador en el momento exacto en que seis números cambiaron de condición sin cambiar de manos. Después de reconstruir el recorrido del boleto, de seguir el rastro de las combinaciones por medio país y de poner nombre a un ganador que murió sin saberlo, el caso llega a ese punto en el que ya no caben más hipótesis. Solo queda una decisión: determinar a quién pertenecía, desde el primer segundo, un premio que existió, que tuvo dueño y que durante más de una década ha permanecido en suspenso, como si nunca hubiera sido de nadie. «El caso vuelve a alimentar la desconfianza», lamentan los loterosJuan B. CañellasEl caso ha reabierto el debate en el sector y ha vuelto a situar la figura del lotero en el centro de la sospecha. "Para nosotros es una situación muy perjudicial, porque la actuación individual de alguien acaba proyectando dudas sobre toda la profesión", afirma Jorge Anta, vicepresidente de la Asociación Nacional de Administraciones de Lotería (ANAPAL).Desde la red de ventas subrayan que se trata de "un episodio aislado", aunque reconocen su impacto. "Siempre ha existido esa leyenda urbana de que en alguna administración se han quedado con un premio pequeño. Pero en un caso así, con millones de euros y además con conexiones dentro de Loterías, vuelve a activar una desconfianza que parece que nunca termina de desaparecer", explica.Pese a ello, Anta pide cautela y defiende la actuación mayoritaria del sector. Sostiene que este tipo de situaciones no representan el funcionamiento habitual de las administraciones y recuerda que los propios sistemas de terminales, como se ha visto en este caso, permiten detectar con facilidad operativas anómalas. "Esto no define a los loteros", insiste.