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¿No oyes ladrar a los perros?

Resumen

A las 9.07 subía a la tribuna el hombre del traje gris, con su moreno tornasolado y ese mechón blanco como el que le salía a Stripe, el Gremlin malo. Lo hacía con una referencia a los cañones incautados a los marroquíes en la ... guerra de África, cuyo bronce sirvió para fundir los leones que hoy jalonan la entrada del Congreso. Cambió así de género narrativo, abandonando la ciencia ficción habitual para entrar en el realismo mágico.

A las 9.07 subía a la tribuna el hombre del traje gris, con su moreno tornasolado y ese mechón blanco como el que le salía a Stripe, el Gremlin malo. Lo hacía con una referencia a los cañones incautados a los marroquíes en la ... guerra de África, cuyo bronce sirvió para fundir los leones que hoy jalonan la entrada del Congreso. Cambió así de género narrativo, abandonando la ciencia ficción habitual para entrar en el realismo mágico. Me acordaba entonces de Juan Rulfo y de uno de los cuentos recogidos en 'El llano en llamas', ese en el que un padre lleva sobre los hombros a su hijo moribundo, durante la noche, camino de Tonaya, el pueblo en el que espera encontrar un médico que pueda salvarlo. El hijo no puede andar, de manera que todo el cuento consiste, en esencia, en la imagen del padre agotado, avanzando torpemente con su vástago encima.El padre le pregunta al chico si oye ladrar los perros. Porque está caminando a oscuras, no sabe cuánto falta para llegar y los ladridos serían la señal de que el pueblo está cerca. Por eso la pregunta tiene una función literal: Hijo, tú que vas más arriba que yo, dime si oyes perros. Si así fuera, significaría que estaríamos llegando. Pero Rulfo convierte esa pregunta en algo mayor. El padre desprecia al hombre en el que su hijo se ha convertido, un tipo violento, un delincuente, un asesino. Y aún así está intentando salvarlo. Por eso, durante el camino, el padre le reprocha la vida que ha llevado y le dice que, en esencia, no hace todo eso por él, sino por su madre muerta. Es ahí donde los perros empiezan a adquirir otra dimensión y se convierten en un trasunto de la esperanza. Mientras no se oigan, no han llegado. Y mientras no lleguen, el chico puede morir. Así, el padre avanza llevando sobre sus espaldas el peso físico de ese hijo y, simbólicamente, también el peso de ser su padre.Algo así parecía Sánchez, un hombre moribundo y desquiciado subido a hombros de su partido, de su grupo parlamentario y de las instituciones, que caminaban torpemente en la oscuridad, esperando oír ladrar a los perros. Pero Sánchez, que no sabemos si está vivo o muerto, decidió pasarse una hora sin un atisbo de autocrítica, negando la evidencia y los informes, sin pedir perdón a los ceutíes y sin una pequeña crítica a Marruecos. En su lugar un encendido general de aspersores para culpar a la UE, a la oposición, a la ultraderecha y a las comunidades autónomas, a las que recordó que estaban obligadas legalmente a acoger a los inmigrantes que les corresponda. Y, entonces, Pedro Páramo –quizá ya un espectro– optó por olvidarse del «ataque a la integridad territorial» para convertirlo todo en 'crisis migratoria' y travestirlo así de la apariencia de una catástrofe natural, imprevisible y accidental. Y decidió confrontar la defensa de nuestras fronteras con la defensa de la vida humana, así, a lo bestia, como si fueran magnitudes incompatibles. Llegó a afirmar que los funcionarios de fronteras hicieron lo correcto dejando pasar a setenta mil personas. Vamos, que no se puso a celebrarlo de milagro. Pero no me quedó claro qué quería decir. ¿Qué lo volvería a hacer? ¿Ho tornarem a fer, presidente?El chico moribundo, así, no solo se mostraba incapaz de detectar los errores cometidos sino, sobre todo, incapaz de no volver a cometerlos. Es decir, Pedro Páramo no sabe cómo poner remedio a su debilidad, no tiene un plan y no es exagerado afirmar que estamos a merced de que Marruecos quiera volver a atacar nuestra integridad territorial. Mientras tanto, los socios adoptaron el rol del padre que lleva a hombros a un hijo al que desprecia. Y, mientras caminaban, se lo dejaron claro. Ni un solo grupo se fía de Marruecos y todos sin excepción dan por hecha su participación en el ataque. IU y Sumar llamaron a Mohamed VI 'autócrata y dictador'. Podemos tildó a Marruecos de dictadura y de régimen autocrático. Rufián le llamó asesino y el BNG sátrapa. Y Sánchez, en su particular Comala, caminaba solo, como un espectro en brazos de espectros. El final del cuento es magnífico. Finalmente, padre e hijo alcanzan Tonaya y se oyen a los perros ladrando por todas partes. El padre se da cuenta entonces de que su hijo no le ha avisado y le pregunta: «¿Pero tú no los oías?» Y le reprocha que ni siquiera en eso fuera capaz de ayudarlo. Por eso el título del cuento es tan bueno. Oír a los perros empieza siendo una pregunta geográfica –¿estamos llegando?–, y acaba convirtiéndose en otra más profunda: «¿Queda alguna posibilidad de salvarnos?»Volviendo a la guerra de África, el Gobierno español decidió entonces reaccionar contra Marruecos tras el «ultraje inferido al pabellón español por las hordas salvajes» cercanas a Ceuta. Casi dos siglos después, el hombre del traje gris pretende que esa frontera sea defendida lanzando canciones de Ana Belén: «Pum, pum. ¿Quién es? Una rosa y un clavel. Abre la muralla». ¿Y aún dices que no oyes ladrar a los perros?