Los números de la guerra
ResumenSi el presidente del Gobierno contara con el número suficiente de diputados para no tener que depender de otros, su política hubiera sido otra, al no tener que someterse a las exigencias de sus socios: habría podido llevar a cabo –con mayores o menores aciertos, o, si se quiere mejor, con mayores o menores desaciertos, pero sin imposiciones ni sobresaltos– una política más acorde con la propia de un partido como el PSOE. Es más, ha necesitado rodearse de asesores, en número que nunca había tenido otro presidente del Gobierno, para en dicho contexto buscar fórmulas que le permitan mantenerse en el poder, tarea nada fácil, y muchas veces para enmascarar políticas equivocadas o complacientes para que parezca lo contrario.Si nos remontamos al pasado, por ejemplo, a la época de Felipe González, éste, sin apartarse de la línea socialista tradicional, dejando a un lado el resultado de su gestión, en política internacional, por ejemplo, fue en línea con los países de su entorno europeo, y entre otras cosas firmó el tratado de adhesión de España a las Comunidades Europeas (actualmente Unión Europea), lo que supuso con el transcurso del tiempo una mayor integración de España en la esfera internacional y también que nuestra democracia siguiera consolidándose, y en definitiva empezar a tener peso en el contexto internacional, donde la UE y EE.UU. juegan un papel esencial, escenario que, además, ha proporcionado a España, en general, un avance en lo económico y en lo social.Pues bien, ese proceso integrador que emprendió España y que le ha dado tan buenos resultados se está viniendo abajo por una cuestión puramente numérica. En temas tan cruciales como las relaciones internacionales, Sánchez está llevando a cabo, por ejemplo, con respecto a Argelia, Marruecos (asunto Sahara), Israel, Venezuela, Irán, y EE.UU., políticas que perjudican a España desde distintos puntos de vista, por el solo hecho de exigírselo sus socios.
Si el presidente del Gobierno contara con el número suficiente de diputados para no tener que depender de otros, su política hubiera sido otra, al no tener que someterse a las exigencias de sus socios: habría podido llevar a cabo –con mayores o menores aciertos, o, si se quiere mejor, con mayores o menores desaciertos, pero sin imposiciones ni sobresaltos– una política más acorde con la propia de un partido como el PSOE. Es más, ha necesitado rodearse de asesores, en número que nunca había tenido otro presidente del Gobierno, para en dicho contexto buscar fórmulas que le permitan mantenerse en el poder, tarea nada fácil, y muchas veces para enmascarar políticas equivocadas o complacientes para que parezca lo contrario.Si nos remontamos al pasado, por ejemplo, a la época de Felipe González, éste, sin apartarse de la línea socialista tradicional, dejando a un lado el resultado de su gestión, en política internacional, por ejemplo, fue en línea con los países de su entorno europeo, y entre otras cosas firmó el tratado de adhesión de España a las Comunidades Europeas (actualmente Unión Europea), lo que supuso con el transcurso del tiempo una mayor integración de España en la esfera internacional y también que nuestra democracia siguiera consolidándose, y en definitiva empezar a tener peso en el contexto internacional, donde la UE y EE.UU. juegan un papel esencial, escenario que, además, ha proporcionado a España, en general, un avance en lo económico y en lo social.Pues bien, ese proceso integrador que emprendió España y que le ha dado tan buenos resultados se está viniendo abajo por una cuestión puramente numérica. En temas tan cruciales como las relaciones internacionales, Sánchez está llevando a cabo, por ejemplo, con respecto a Argelia, Marruecos (asunto Sahara), Israel, Venezuela, Irán, y EE.UU., políticas que perjudican a España desde distintos puntos de vista, por el solo hecho de exigírselo sus socios. En definitiva, la nueva situación creada por la necesidad que tiene Sánchez de complacer a sus socios, adoptando posiciones contrarias a las que España tradicionalmente ha tenido, por historia, por situación geográfica y por convicciones, está llevando a España a la situación más crítica que en democracia se ha vivido. Y todo por unos pocos votos, en interés propio y en contra de los intereses generales. En fin, cuestión de números y algo más que eso. Miguel Ángel Rubio Delgado. MadridMemoria de MúnichEn septiembre de 1938, el primer ministro británico firmó con Hitler el Acuerdo de Múnich, aceptando la anexión alemana de los Sudetes. Chamberlain proclamó que había traído «la paz para nuestro tiempo». Churchill advirtió que ceder ante un régimen expansionista no evitaría la guerra. Meses después Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia y en septiembre de 1939 invadió Polonia, desencadenando la II Guerra Mundial. La paz no siempre se preserva mediante concesiones cuando el interlocutor interpreta la moderación como debilidad.La escalada en Oriente Próximo ha reactivado en España la consigna del 'No a la guerra', surgida durante la invasión de Irak de 2003. Trasladar automáticamente ese marco a cualquier crisis internacional simplifica en exceso realidades estratégicas distintas. La historia no ofrece recetas automáticas, pero sí advertencias. Recordar Múnich no implica justificar cualquier intervención militar, pero tampoco debería hacernos creer que el simple rechazo a la guerra constituye, por sí solo, una política exterior. Roberto Pazo Cid. Zaragoza