De los fracasos empresariales de Trump en China a regresar de la mano de las exitosas caras del capitalismo estadounidense
ResumenAntes de pisar por primera vez la Casa Blanca, Donald Trump hablaba de China con la mezcla de fascinación y resentimiento de quien queda prendido de un gigantesco mercado lleno de oportunidades que nunca pudo conquistar. El magnate neoyorquino pasó mucho tiempo intentando abrirse camino en el país asiático. Lo hizo prometiendo rascacielos y hoteles de lujo. Pero se encontró un territorio de promesas incumplidas y negocios frustrados.
Antes de pisar por primera vez la Casa Blanca, Donald Trump hablaba de China con la mezcla de fascinación y resentimiento de quien queda prendido de un gigantesco mercado lleno de oportunidades que nunca pudo conquistar. El magnate neoyorquino pasó mucho tiempo intentando abrirse camino en el país asiático. Lo hizo prometiendo rascacielos y hoteles de lujo. Pero se encontró un territorio de promesas incumplidas y negocios frustrados. Y, lo más importante, terminó descubriendo que en el capitalismo del régimen chino las reglas las dicta el Partido Comunista (PCCh) y ningún apellido extranjero está por encima de la maquinaria política. Uno de sus primeros grandes tropiezos llegó con Evergrande, la promotora que años después simbolizaría el colapso del ladrillo chino. Trump alcanzó un acuerdo para desarrollar un enorme complejo de oficinas en la ciudad de Guangzhou. El proyecto jamás despegó. Otro plan que también terminó en la papelera fue una promoción de viviendas de lujo en Pekín. No consiguió los permisos necesarios para construir sobre terrenos públicos. En la capital china cuentan que el Trump empresario nunca logró construir relaciones sólidas dentro de la élite burocrática del PCCh. Aun sin contar con el favor estatal, no desistió. En 2012, cuando China todavía vivía el espejismo del crecimiento infinito y las ciudades levantaban rascacielos a velocidad de vértigo, el republicano abrió oficinas en Shanghai bajo varias sociedades vinculadas a su conglomerado. Aquellas empresas terminaron disueltas años después. Durante su primera presidencia, el New York Times reveló que Trump International Hotels Management mantenía una cuenta bancaria en el ICBC, el mayor banco estatal chino, y que había pagado cerca de 190.000 dólares en impuestos en China entre 2013 y 2015. Aquella información resultó incómoda en un momento en el que Trump apretaba cada vez más con un discurso ferozmente antichino y con su primera guerra comercial. Además, un informe del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes aseguró que empresas y entidades controladas por Pekín habían realizado pagos millonarios a propiedades vinculadas a Trump. Los demócratas denunciaron que había vulnerado la cláusula constitucional que prohíbe a un presidente recibir beneficios económicos de gobiernos extranjeros. Trump le dice a Xi "es un honor ser tu amigo" durante su encuentro en PekínE.M Como presidente, Trump viajó a Pekín por primera vez en 2017, antes de comenzar el primer intercambio de golpes arancelarios con el Gobierno de Xi Jinping. Esta semana, con la segunda guerra comercial paralizada gracias a una débil tregua, Trump ha regresado a la capital china. Y está acompañado por la delegación empresarial más rica que haya visitado el país: 17 titanes de Wall Street, Silicon Valley, la agroindustria, la aeronáutica y de los pagos digitales. Con un patrimonio neto personal combinado de más de un billón de dólares y una exposición anual al mercado chino que supera los 300.000 millones, estos grandes empresarios pueden presumir de haber tenido más éxito que Trump en sus negocios en el gigante asiático. Todos ellos mantuvieron el jueves un encuentro con Xi al margen de la cumbre entre el presidente chino y el estadounidense. El personaje central de la expedición es Elon Musk, el dueño de Tesla. Su megafactoría de Shanghai se ha convertido en la joya industrial de la compañía: produce cientos de miles de vehículos al año y es probablemente la planta más eficiente de todo su imperio. Pekín le abrió las puertas de manera excepcional en 2019, permitiéndole controlar íntegramente la fábrica sin socio local, algo prácticamente impensable en esos momentos para una empresa extranjera. A cambio, China consiguió exactamente lo que quería: transferencia tecnológica, competencia feroz para sus fabricantes locales y una aceleración histórica del mercado eléctrico chino. La relación entre Musk y el liderazgo chino es estrecha. El multimillonario ha viajado a Pekín para proteger un negocio cuya cuota de mercado está siendo devorada por BYD y otras marcas locales. También busca una licencia para vender vehículos autónomos y aumentar las ventas de sus robots con IA. En la comitiva también está Tim Cook de Apple, quien aparece muy a menudo por un país que ensambla la mayoría de iPhones. Porque mientras Washington denuncia constantemente espionaje tecnológico y riesgos de seguridad nacional, Cook cultiva una diplomacia empresarial con promesas de inversiones multimillonarias. En el grupo de empresarios destaca el CEO de Nvidia, Jensen Huang. Su empresa, líder mundial en el diseño de los chips que impulsan los modelos de IA, ha tenido que sortear las restricciones a la exportación impuestas por EEUU a los productos de alta tecnología que pueden venderse en el mercado chino. Tras la cumbre del jueves entre Trump y Xi, se informó que Washington había autorizado a una decena de empresas chinas comprar el H200, el segundo chip de IA más potente de Nvidia Otro de los altos ejecutivos que mejor encajaba en el viaje es Kelly Ortberg (Boeing). Trump, que pretende volver de Pekín este viernes con grandes pedidos de aviones bajo el brazo, sabe que pocas imágenes venden mejor una "victoria comercial" que cientos de Boeing encargados por China. Luego está Dina Powell McCormick, la nueva presidenta de Meta y ex asesora de Donald Trump. Perfil llamativo teniendo en cuenta que el gigante tecnológico estadounidense no ha logrado abrir ninguna rendija importante en el ecosistema digital chino: Facebook, Instagram y WhatsApp están censurados. Además, recientemente, las autoridades chinas bloquearon una compra multimillonaria de Meta relacionada con la IA china Manus. La presencia conjunta de Ryan McInerney (Visa) y Michael Miebach (Mastercard) refleja el frente de los pagos digitales, que en el país asiático están dominados por Alipay y WeChat. Entrar en el mercado chino está siendo un proceso muy lento para ambas compañías. Pero una ventana se está abriendo con la creciente internacionalización del yuan digital y la mayor apertura al turismo extranjero. En el ala financiera aparecen tres veteranos con relaciones históricas en China: Larry Fink (BlackRock), Stephen Schwarzman (Blackstone) y David Solomon (Goldman Sachs). Llevan años construyendo puentes con la élite de Pekín, donde siguen escuchando atentamente a los grandes financieros estadounidenses (más que a los políticos). Y aunque una parte del discurso público en Wall Street señala la "reducción de riesgos", Blackstone y BlackRock quieren más acceso al mercado de capitales chino, y Goldman Sachs pelea por mantener licencias e inversiones. El Gobierno estadounidense ansía un ambicioso contrato de compra por parte de China de soja, maíz y productos agrícolas estadounidenses. Por ello en Pekín se encuentra Brian Sikes (Cargill, líder mundial en el suministro de productos y servicios agrícolas). Y no hay que olvidarse de Cristiano Amon (Qualcomm), representante de la industria de semiconductores, el sector donde la rivalidad entre EEUU y China es más feroz. El titán de los chips obtiene una parte enorme de sus ingresos del mercado chino y depende de licencias del gobierno estadounidense para vender tecnología avanzada. Los principales medios estatales chinos, siempre enganchados a las historias de éxito de multimillonarios estadounidenses, destacan la visita de importantes ejecutivos de Wall Street y Silicon Valley como una demostración de que, pese a toda la retórica de confrontación, el capitalismo estadounidense sigue profundamente entrelazado con China.