Hoy no cerramos
ResumenSusana García es una lectora fiel de EL PAÍS, conocida con afecto en la Unidad de Edición como “la señora de Valencia”. Desde hace mucho tiempo, cada mes envía a esa sección, que se encarga del periódico impreso, un sobre lleno de recortes con errores publicados por el diario. La señora García, como tantos otros, es un ejemplo de la relación que EL PAÍS mantiene con los lectores. Ustedes, que dedican su atención y dinero al periódico que les informa, se sienten libres de discrepar o criticar lo que aparece en sus páginas.
Susana García es una lectora fiel de EL PAÍS, conocida con afecto en la Unidad de Edición como “la señora de Valencia”. Desde hace mucho tiempo, cada mes envía a esa sección, que se encarga del periódico impreso, un sobre lleno de recortes con errores publicados por el diario. La señora García, como tantos otros, es un ejemplo de la relación que EL PAÍS mantiene con los lectores. Ustedes, que dedican su atención y dinero al periódico que les informa, se sienten libres de discrepar o criticar lo que aparece en sus páginas. Con motivo de la celebración del 50º aniversario de este diario, su director, Jan Martínez Ahrens, afirmó el pasado 4 de mayo: “Casi desde el primer número, los lectores supieron qué podían esperar del periódico y los periodistas supieron entender qué esperaban del periódico sus lectores”. “Ese pacto”, añadió, “es la base de EL PAÍS y de su credibilidad”. La dirección de este periódico creó en 1985 la figura del Ombudsman para garantizar los derechos de los lectores, atender sus quejas, dudas o sugerencias sobre los contenidos del periódico y vigilar que el tratamiento de las informaciones se ajuste a las normas éticas del periodismo. Así lo recoge el Estatuto del Defensor del lector, que garantiza a quien ocupa el puesto “la plena independencia en el desempeño de su tarea”. Como defensora debutante, decidí sumergirme en la hemeroteca para recorrer los más de 40 años de columnas de mis 16 predecesores, desde el primero en asumir el cargo, Ismael López Muñoz, que se inventó cómo hacer este trabajo en España en 1985, hasta mi predecesora, Soledad Alcaide, que tanto me ha ayudado en la transición. Su lectura me ha permitido comprobar cuánto hemos cambiado para seguir siendo los mismos; esto es, un periódico asentado firmemente sobre sus señas de identidad: ofrecer cada día una información veraz y de calidad, que ayude a los lectores a entender e interpretar la realidad y a formarse su propio criterio. Todo ello sobre los pilares éticos que recoge el Libro de Estilo: rigor informativo, verificación de datos, contraste de noticias, respeto a la intimidad y a la propia imagen, pluralidad de opiniones, uso correcto del idioma, léxico pertinente y corrección de errores. ¡Los errores! Un desvelo frecuente de los lectores de EL PAÍS. A lo largo de estos cuatro decenios, las quejas por las erratas, el maltrato a la sintaxis o la pobreza del léxico han sido una constante. También protestan por la edición gráfica, la atribución de fuentes, el abuso del periodismo declarativo, la información empapada de opinión, y, últimamente, por la publicidad invasiva de la edición digital o por la gestión de los comentarios que acompañan a las informaciones en la web. Sobre todo esto volveremos. Ha llovido mucho desde aquel 4 de mayo de 1976 en que salió a la calle el primer número de EL PAÍS. Ya nadie envuelve el pescado con papel de periódico y la edición impresa ya no mancha las manos. Hoy este diario trabaja 24 horas, siete días a la semana. Tiene Redacciones en dos continentes y corresponsales en medio mundo. Ustedes nos leen ya no solo en la edición impresa, sino en las ediciones digitales o en las redes sociales, pero también nos escuchan y nos ven en los formatos de audio y vídeo. “Cada vez hacemos más y más deprisa”, titulaba Milagros Pérez Oliva una de sus columnas como defensora en 2011. Desde aquí quiero hacer un elogio de la prisa, que está en el ADN de la información diaria. Cuántas noches al borde de las 10 se oye a Jorge Rodríguez, redactor jefe de Cierre de la edición impresa, vocear: “30 minutos para el impacto y nos faltan 20 páginas. Hoy no cerramos”. O la premura de la edición digital, que publica entre 250 y 300 informaciones diarias. La velocidad es consustancial al periodismo, pero la calidad exige tiempo, revisión y edición, mucha edición. Que un diario no cometa erratas es metafísicamente imposible como lo es la existencia de un círculo cuadrado, pero desde este puesto haré todo lo que esté en mi mano para que se reduzcan. Los textos que EL PAÍS publica deben cumplir con todos los estándares de calidad, y cuando así no sea, se corregirán los errores y pediré disculpas en nombre de los periodistas de esta Redacción. Y por supuesto, hablaré con ustedes de periodismo. Cuanto más conozcan nuestro trabajo, mejor podrán criticarlo, escribió Soledad Gallego-Díaz, maestra de tantos de nosotros, en una de sus columnas como defensora. Espero recibir sus quejas y sus comentarios y que todo ello repercuta en el beneficio mutuo: de ustedes y de este diario. Mantener la confianza de los lectores en la era digital es un desafío para el periodismo de calidad que debe surcar las aguas turbulentas de la desinformación, los bulos, el acoso a los medios y la polarización. También lo será para esta defensora.