El tercer León de las Cortes
ResumenCualquiera diría que España no ha dejado de ser católica, y eso que el diagnóstico de Azaña va para un siglo. No se me ocurre otro líder capaz de concitar el respeto de las instituciones y el entusiasmo de las calles a la manera desarmada y desarmante de León XIV. Se le escucha por la cima de siglos desde la que habla, custodio de un mensaje sabido que enunciado por otro no llenaría un teleclub. Es el misterio al que se rinde Sorrentino y al que permanecen impermeables nuestros entrañables racionalistas.
Cualquiera diría que España no ha dejado de ser católica, y eso que el diagnóstico de Azaña va para un siglo. No se me ocurre otro líder capaz de concitar el respeto de las instituciones y el entusiasmo de las calles a la manera desarmada y desarmante de León XIV. Se le escucha por la cima de siglos desde la que habla, custodio de un mensaje sabido que enunciado por otro no llenaría un teleclub. Es el misterio al que se rinde Sorrentino y al que permanecen impermeables nuestros entrañables racionalistas. Creo que no arriesgo mucho si digo que España parece más católica hoy que hace 15 años, cuando el aeródromo de Cuatro Vientos acogió una lluviosa eucaristía de Benedicto XVI. En aquella España, gobernada por un Zapatero aún no enjoyado que se encaminaba a la debacle electoral, acababa de emerger una iglesia laica y ceñuda llamada 15-M. Años después, una generación traicionada por aquellos demagogos presta oídos al vicario de Cristo sin los complejos de ayer, quizá porque para los nuevos españoles el conservadurismo no es la rancia casa de los padres de la que se huye sino la promesa del techo emocional que les faltó. La caspa ha cambiado de bando y el armario católico se vacía. Pero una cosa es la calle y otra el Congreso. La figura de Robert Prevost en este hemiciclo destellaba como un elfo en una cueva. El parlamentario ibérico -salvo nobles excepciones- es una especie ágrafa, familiarizada apenas con el argumentario matutino. «¿Escuela de Salamanca? ¿Y esa será pública o concertada?», pudo muy bien susurrar Rufián a su vecino de escaño. A un Papa que venía de advertir contra «las identidades que pueblan el mundo de fantasmas» lo paró la Nogueras para pedirle en inglés que bendijera en catalán la torre de la Sagrada Familia. El Papa es el Papa porque en ese instante no se dio media vuelta para perderse de nuevo en una misión del Perú. El discurso fue magnífico. Reivindicó la aportación netamente española a la doctrina universal de los derechos humanos. Recordó que la dignidad individual es una noción prepolítica, base de toda acción legislativa. Llamó a la firmeza sin desprecio y a la discrepancia sin humillación en el uso de la palabra. Por un momento las cuatro cariátides que se elevan sobre el testero central asintieron en silencio: llevaban décadas sin oír nada parecido. Pero para verlas hay que alzar la mirada, y a ese milagro no alcanza Prevost: en cuanto su coche abandonó el Parlamento, los portavoces empezaron a arrojarse fragmentos tergiversados del discurso papal a la cabeza. Nuestra Españita.